SIGNIFICADO Y SEMIÓTICA EN UN DICCIONARIO ARQUEOLÓGICO

Giovanna Winchkler

 

Resumen

El criterio metodológico seguido en la elaboración de este diccionario, privilegia la materialidad del texto a analizar y se opone a la búsqueda de la unidad del concepto a definir, conservándolo en su múltiple dispersión de posibilidades.

Esta opción se corresponde con la evolución de la ciencia de la terminología, que fue apartándose de la idea de concretar definiciones que dieran cuenta de conceptos o identificaran referentes preexistentes en el mundo y dirige su atención al análisis del contexto de uso de los términos para encontrar en él la estructura semántica de su significado.

El lenguaje arqueológico tiene la peculiaridad de su proximidad al lenguaje natural. Esto plantea el problema de establecer los criterios que definan su especificidad. Fundamentando la tarea en las dos ideas previas (la dispersión de las significaciones y el análisis de términos en contexto) esa especificidad sólo puede encontrarse en el contexto de uso de los textos arqueológicos. Se excluye así para la disciplina la posibilidad de suponer su existencia con independencia de la textualidad que la constituye. Por esto, el corpus de textos arqueológicos latinoamericanos ha sido la fuente exclusiva de los rasgos semánticos identificados en las entradas del diccionario.

 

Introducción

 Mi propuesta, de la que aquí comunico una síntesis muy breve, consiste en demostrar cómo un conjunto de técnicas y operaciones pertenecientes a una semiótica cognitiva y constructivista, pueden resultar de gran utilidad para apoyar la tarea de realizar un diccionario de uso especializado. Entre estos criterios, que proceden también de una reelaboración tanto de los autores clásicos de la semiótica, como Saussure y Peirce, y que asimismo se encuentran actualizados a través de las visiones de Foucault (especialmente en La Arqueología del saber, hay algunos que permiten enunciar una serie de proposiciones que me han servido de guía en la producción del DICCIONARIO DE USO PARA LA DESCRIPCIÓN DE OBJETOS LÍTICOS y que en este momento me sirven para explicar determinadas características de aquella producción:

1) al producir el discurso se construye el objeto del que se habla y la construcción del significado ocurre a partir de la materialidad textual del discurso; lo que puede resumirse diciendo que por lo tanto, no hay semántica sin sintaxis;

2) lo no dicho en un texto (pero leído o percibido “entre líneas” por el intérprete) está dicho en otra parte; esto excluye la interpretación subjetiva y reafirma la exigencia de basar la construcción del significado en lo efectivamente dicho;

3) el conocimiento no consiste en mostrar lo que diversos fenómenos tienen en común, sino la dispersión de interpretaciones que recibe un fenómeno cuando se lo construye a partir de un determinado conjunto de discursos (entiendo por discurso un texto con semántica y, recursivamente, entiendo por texto un discurso sin semántica; Magariños, J., 2003);

4) no existe un significado único y verdadero para cada término, que sea el propósito de búsqueda de la investigación; el significado recuperado mediante el análisis del correspondiente discurso es el que está vigente en el momento y lugar de ese discurso (Wittgenstein, L., 1953, §138).

 

Marco terminológico

La totalidad de los diccionarios arqueológicos existentes en castellano, se han elaborado adhiriendo a lo sumo a una terminología supuestamente construida a priori y tanto en ellos, como en las discusiones de los congresos u otros eventos arqueológicos, se tiende a “encontrar” la mejor manera de decir los conceptos, de nombrarlos, de clasificarlos. Pero lo que efectivamente se hace es construirlos, precisamente a partir de tales trabajos y debates. En la arqueología esto no ha sido discutido.

Sin embargo, en la disciplina específica que estudia la construcción del significado de los lenguajes de especialidad, la terminología, se ha hecho habitual la presencia de reflexiones en torno de la diferencia entre uso y valor a priori (o conceptual) del término.

Para los investigadores que siguen la corriente originada por Wüster en Viena, en 1955, el objetivo de la terminología como ciencia es el estudio de la denominación de los conceptos y la finalidad de su aplicación es, además de la realización de vocabularios, léxicos y diccionarios, la normalización de las denominaciones científicas (Cabré, 1993: 82).

Este viejo paradigma se ha ido poniendo en cuestión en los últimos años, en algunos casos, por autores que previamente trabajaban cerca del marco señalado por Wüster (Cabré, 1999). En otros casos, respondiendo a las demandantes necesidades de la comunicación y de la traducción de ciertos textos especializados, por ejemplo, en lo que atañe a la publicidad, el marketing, a diversos aspectos vinculados a la economía, el turismo, etc., pero en otros aún, más próximos al planteo de este trabajo, se proponen renovaciones teóricas, como la concepción del texto en cuanto punto de partida de la descripción, el considerar al término como un constructo o resultado del análisis e, incluso, acercando de alguna manera la dura idea de normalización terminológica a la de pertinencia de un término a un dominio (Bourigault y Slodzian, 1999:29).

Por otro lado, la corriente sociocognitiva de la terminología (por ejemplo, Temmerman, R., 2000) basa la racionalidad en lo percibido y no toma en cuenta las transformaciones que los diversos sistemas semióticos (icónico, indicial, simbólico, en la concepción peirceana) imponen a la percepción.

 

El problema de la especificidad del lenguaje

El objeto de estudio que los terminólogos denominan “lengua especializada” plantea a menudo a los lingüistas problemas de delimitación y definición, cuyo estudio puede encararse bajo distintos enfoques; sin embargo, los especialistas están de acuerdo en que una de las características distintivas de las lenguas o discursos de especialidad, reside en sus vocabularios, en sus terminologías científicas o técnicas (Desmet, I., 2001).

La importancia de organizar una investigación que explique determinados problemas de este lenguaje específico, se fue haciendo evidente a lo largo de los años en que desarrollé mi trabajo de recuperación de la terminología vinculada al estudio de los objetos líticos, que comencé en 1999 con el inicio del DICCIONARIO DE USO PARA LA DESCRIPCIÓN DE OBJETOS LÍTICOS, ahora ya concluido (al menos, respecto del corpus definido). El problema básico, del que arranca tal necesidad, es el de establecer, precisamente, qué es lo que hace específico al lenguaje arqueológico. Se suele considerar que al aplicarse al objeto arqueológico, éste le confiere su particularidad en cuanto ámbito científico. El objeto desde esa perspectiva, es previo o ajeno al lenguaje y el papel de éste es nombrarlo y organizar los sistemas de conceptos que lo representan. Las terminologías (en cuanto vocabulario de un lenguaje) según lo sostenía la terminología clásica, son aquellos conjuntos de nombres que denominan objetos o conceptos.

Esta manera de concebir el lenguaje científico, contradice las posición sustentada a lo largo de mi tarea, según la cual el objeto de conocimiento es el resultado de interpretar la percepción, un modo de ser enunciado aquello que deviene en signo y que no lo era antes de su enunciación (momento previo en el que es simplemente caos). O sea, el significado del objeto del mundo, en nuestro caso el significado arqueológico, se lo atribuye el lenguaje al nombrarlo. Puede pensarse al lenguaje arqueológico como la construcción de una estrategia de enunciación (Foucault, M., 1969: 85). Ante la percepción de un mismo objeto (el lítico, en nuestro caso), investigadores provenientes de distintas áreas de conocimiento utilizarán estrategias de enunciación diferentes para configurar a tal objeto como arqueológico, geológico, tecnológico, etc.

La utilización de la terminología en la especificidad de una disciplina requiere, en palabras del mismo Foucault (1969: 87), seleccionar un “punto de difracción” donde la estrategia enunciativa va en una u otra dirección. Esto es lo que concreto en los artículos del diccionario marcando las opciones que hacen arqueológica a la identificación y/o descripción del objeto lítico.

En esta estrategia intervienen términos, los que, a su vez, adquieren sentido al integrarse en enunciados.

 

La hipótesis del uso

La delimitación y definición a que me refiero más arriba, se relacionan con la identificación de los términos empleados en los textos de un ámbito científico (el del análisis lítico, en este caso) como propios y específicos de éste o como ajenos a él. Pero, lejos de suponer un “ámbito científico” dado previamente, para buscar en él los términos que le correspondan (y rechazar los que no), es este ámbito el que se pone en cuestión, para considerar que el sentido de los términos se produce en el lenguaje, en los concretos textos en que se materializa su uso. Esta base material del lenguaje es el lugar desde donde es posible determinar la especificidad -o no importa si sólo se trata de grados de especificidad frente a los restantes lenguajes científicos e incluso frente al lenguaje natural o cotidiano- de los términos que en él se hayan empleado. Es la especificidad de cada término lo que debe delimitarse y estudiarse, hasta poder reconstruir el grado y los modos de pertenencia de los términos de un corpus a una estrategia coherente. La calidad arqueológica del objeto está dada por el lenguaje que lo construye en cuanto objeto de conocimiento.

Lo cual equivale a decir que la calidad arqueológica no preexiste conceptualmente o en alguna instancia del significado que sería necesariamente metafísica (Wittgenstein, L., 1953: §43), sino que resulta del uso de ese lenguaje natural. Un concepto empírico del significado exige considerarlo como una interpretación textualizada, no existiendo antes de tal textualización (mental o verbal).

Esta circunstancia de que el significado arqueológico es producido por el uso, hace que la ciencia construya su terminología propia en dos instancias: una es la producción, a través de textos (en el sentido amplio, de cualquier soporte). El arqueólogo, al usar el lenguaje, como ocurre en el resto de las ciencias sociales, emplea el lenguaje natural, que va acotando y ajustando a las necesidades de su disciplina, tomando los términos de distintas fuentes. Pero hay una segunda instancia, la de quienes leen e interpretan los textos del arqueólogo, las academias y los ámbitos de autoridad. Así, hay una suerte de lucha entre la renovación de ese lenguaje por cada uno de los autores que lo emplean, y ello es un fenómeno constante de toda lengua (no sólo por ser lenguaje natural, pero también por ello) y las delimitaciones que se le imponen desde fuera de su contexto de uso en función de la lucha política por la hegemonía del discurso; entre el momento de producción y de transformación de la terminología y el momento en que (por convención, por ejemplo) se fijan sus restricciones y expansiones, o sea, entre el momento clave del uso y el momento de su autorización; entre el uso y la norma. El uso de un término se relaciona con su vigencia histórica, con la vigencia de determinadas maneras de pensar asociadas a él; la norma, con el acuerdo académico, político, científico.

La definición (entendiendo por definición aquí, simplemente, el desarrollo que corresponde a la entrada del diccionario) de cada término que se emplea dentro de un texto concreto, es, en cuanto registro de aquel uso, un elemento imprescindible de la racionalidad de la disciplina porque es capaz de dar cuenta del uso concreto de cada término en un contexto y porque permite emplear este registro del uso para identificar las variaciones históricas o las divergencias regionales de un término semantizado.

El análisis de cómo ha sido usado el lenguaje por los arqueólogos, puede mostrar de qué manera se redefinen y especifican los términos en contexto, partiendo de un corpus de textos de base arqueológicos en el que se producen, con las mismas reglas del lenguaje natural, el sentido, o los diferentes sentidos, de palabras habituales o de otros ámbitos.

 

El aspecto empírico

Un adjetivo, adverbio, un sustantivo, una palabra determinada que a priori no consideraríamos específica, utilizada en un texto arqueológico adquiere especificidad al ser usada en asociación con otros determinados términos, aunque siga teniendo el mismo campo semántico que en el lenguaje natural. Si bien su papel es el de modalizar otros términos (para situar, ubicar, relacionar los diversos elementos del objeto lítico) de larga historia en esta ciencia (como lasca, núcleo, etc., que por este motivo están ya incorporados a su terminología y afianzados con sus propias definiciones y modos de uso), adquieren un sentido especial al estar usados para construir esas determinadas relaciones.

¿Podrá decirse entonces que hay términos casi normalizados? (como lasca, núcleo, etc.) es decir, términos para los que pueden recuperarse conceptos más o menos similares, que se mantienen fijos en el corpus estudiado?

Por otra parte, ¿hay términos específicamente creados para describir el objeto de los estudios líticos? Es decir, lexemas que se hayan creado para un uso específico y que no tengan uso en otro lenguaje? Sobre esto puede afirmarse que ningún término tiene origen en la propia disciplina arqueológica sino, ya sea en el lenguaje general, o bien, en el de otras ciencias, especialmente la geología y la botánica. Puede tener origen alguna variante morfológica del lexema (por ejemplo, variantes verbales como “lasquear”, “lasqueo”, “lasqueado” o el añadido de prefijos como “bi”, “micro”, “mono”, “multi”, “uni”, etc., a algunos sustantivos..) y, por supuesto, el uso, que es lo que hace que exista como término arqueológico.

Por lo general, por tanto, el término preexiste a su uso arqueológico pero, desde luego, tiene que recibir un sesgo particular. La mayor parte del lenguaje arqueológico construye una semántica específicamente arqueológica al utilizar cada uno de los términos que conservan en el lenguaje natural la posibilidad de otras coberturas semánticas mucho más amplias.

Mi pregunta central es: ¿qué es lo que hace que este lenguaje se diferencie del lenguaje cotidiano?

Este lenguaje habla de determinadas cosas y tiene una terminología que permite designar determinado tipo de objetos. Pero la arqueología no es esto, que no pasaría de un índice de coleccionistas. Este lenguaje descriptivo del análisis lítico no puede encararse como un mero índice para museos, sino como una herramienta que sirva a una descripción de las piezas tal, que permita explicar distintos aspectos en otros niveles de la arqueología: diferenciar diseños o características morfológicas, inferir técnicas o usos o actividades realizadas en un sitio, la movilidad de un grupo o simplemente, preferencias que se atribuyan a un grupo humano concreto, etc. Necesita una terminología que matice variaciones, que permita especificar características que separen los elementos de su designación genérica. Al no tener términos propios, acude ya bien a formas retóricas, ya bien a asociaciones contextuales destinadas a producir determinados desplazamientos del sentido cuando toma otros términos utilizados de otra forma en otras disciplinas o en el discurso cotidiano.

Por ejemplo, ¿el término “ocupar”, tan habitual en el lenguaje natural, puede considerarse por ello que no es especializado? Lo que adquiere especialidad no es el término sino su uso. Si puede elaborarse para él una red semántica que permite mostrar un uso determinado, y se identifica para él un concepto que se maneja en análisis lítico cuando se dice que “algo ocupa algo sobre el lito”, el término está adquiriendo especificidad arqueológica. Que coincida o no con el resto de su sentido en el lenguaje natural, o sea, con las restantes acepciones en la definición del diccionario donde es mucho más amplio, está marcando simplemente que en el lenguaje arqueológico registrado para construir la entrada del diccionario arqueológico, sólo se ha seleccionado una pequeña franja de su sentido, una de las acepciones del diccionario de la lengua, para usarlo como significado arqueológico del término. Cognitivamente, este término permite una representación icónica de la pieza, tal que nos dice que algún elemento de ella se presenta cubriendo en alguna medida o extensión alguna de sus partes. Pero esta constatación no convierte al verbo “ocupar” en término especializado. ¿Es oportuno hablar de términos especializados? Este debate no es pertinente a nuestro objeto de estudio, ya que supone que los términos o las expresiones lingüísticas tienen por función identificar referentes u objetos de la realidad. Mi hipótesis ha sido que es el uso lo que hace la especificidad del lenguaje, en este caso arqueológico, ya que es lo que permite construir aquellos rasgos o relaciones que lo identifican como tal. Cualquier término se puede usar en la lengua natural de algún otro modo; es una cuestión de grado. Decimos que el uso de un término es especializado cuando es evidente que en la disciplina correspondiente adquiere un sentido específico. Términos como “núcleo”, “lámina”, “hoja” tienen un sentido muy amplio en el lenguaje natural y aún “lasca” tiene en él varios usos. Pero cuando los usa el especialista, toma una presencia distinta, porque permite apreciar fenómenos diferentes.

Las estructuras de uso, y no las definiciones, dan la aplicabilidad del término cuando se habla de análisis lítico. Exponer y mostrar, explicar el uso que efectivamente ha tomado un término en un lenguaje determinado, enfrenta (incluso entre los estudiosos de la terminología desde hace unos pocos años; por ejemplo, Bourigault, D. y Slodzian, M., 1999, p. 29) cada vez más al viejo concepto de definición.

En el diccionario, no se trata de llegar a una única definición para cada término, sino de conocer cuántas y cuáles significaciones pueden registrarse para él en un corpus determinado; establecer un campo semántico, acotando y delimitando un área de entre la variedad que se presenta en el lenguaje natural y en otros lenguajes que cada ciencia haya delimitado como propio; recortar entre la amplitud de sentidos que se ofrece como posible, aquellos de los que se apropia la arqueología; determinar entonces, su permanencia a lo largo de un texto o de un corpus. Este será un conjunto de sentidos específicos, que se van acumulando e interrelacionando hasta llegar a constituir, de alguna manera, un sistema de términos especializados, el que en el caso presente, constituye el análisis lítico. Ello no implica que ese sistema en la totalidad de los textos arqueológicos resulte ser debidamente consistente, como se manifiesta en el uso arqueológico que se hace del castellano de Latinoamérica y que podría plantearse como una característica de la disciplina tal como se vino desarrollando en esta región. ¿Interfiere tal carencia de precisión terminológica con su capacidad de explicar los fenómenos que estudia? No es un problema a tratar en este trabajo, pese a su importancia. Lo que tiene importancia como justificación de la tarea analítica de elaborar el diccionario es que el modo de enunciar esa especificidad sea contrastable con la especificidad que ese término adquiere en textos no arqueológicos, de modo que pudiera probarse su improcedencia si llegara el caso (siguiendo el criterio de la falsabilidad popperiana).

 

Bibliografía

Bourigault, D. & M. Slodzian, 1999, “Pour une terminologie textuelle”, en Terminologies Nouvelles, 19: 29-32.

Cabré, M.T., 1993, La terminología. Teoría, metodología, aplicaciones. Barcelona: Editorial Antártida/Empúries.

Cabré, M.T., 1999, La terminología: representación y comunicación. Elementos para una teoría de base comunicativa y otros artículos. Barcelona: Institut Universitari de Lingüística Aplicada.

Desmet, I. 2001, “Les fondements remis en question: pour une approche linguistique des vocabulaires spécialisés. Analyse du sens en terminologie et equivalence interlinguistique”, en I Jornada internacional sobre la investigación en terminología y conocimiento especializado. Institut Universitari de Lingüística Aplicada. Available: http://www.iula.upf.es/publi031.htm.

Foucault, M., 1969, L´Archéologie du savoir. Paris: Gallimard.

Magariños de Morentin, J., 1996, Los fundamentos lógicos de la semiótica y su práctica. Buenos Aires: Edicial.

Magariños de Morentin, J., agosto 2003, Glosario. Disponible en: www.centro-de-semiotica.com.ar.

Peirce, Ch.S., 1931/65, Speculative Grammar C.P., vol. II. Cambridge: The Belknap Press of Harvard University Press.

Sager, J.C. & Nidi-Kimbi, “The Conceptual Structure of Terminological Definitions and their Linguistic Realisations: A Report on Research in Progress”, en Terminology, 2:1, 61-85.

Saussure, F. de, 1916, Cours de Linguistique Générale. Paris: Payot.

Temmerman, R., 2000, Towards New Ways of Terminology Description. The Sociocognitive approach. Amsterdam/Philadelphia: John Benjamins.

Winchkler, G., 1999/2003, Diccionario del uso para la descripción de objetos líticos. Disponible en: www.winchkler.com.ar.

Wittgenstein, L., 1953, Philosophische Untersuchungen/Philosophical Investigations. New York: The Macmillan Company.

Wüster, E., 1955, Einführung in die allgemeine Terminologielehre und terminologische Lexikographie. Bonn: Romanistischer Verlag.

Volver al inicio